EL DÍA QUE APAGARON LA LUZ (CUENTO)
Y es que, las calles del Boulevard Sud, suelen ser demasiado tranquilas o al menos eso pensaba...
Es cierto, doce horas seguidas de trabajo pueden derrumbar a cualquiera, pero él, en ese momento, no venía adormecido.
Es más, podía recordar todo lo que venía pensando si se lo pidiesen. Estaba algo animado, porque si bien uno trabaja como burro hasta los días sábados, los viernes se permite un "mimo" semanal: Es un ritual salir al anochecer y pasar por la cantina del italiano Piero. Un vaso de hesperidina ayuda a la inspiración de los poetas, dos vasos si encuentra a algún compinche para las cartas, y tres si la semana fue demasiado amarga.
-Voy a pedirle fiado al viejo Piero, no le fallé nunca, no me puede decir que no, se dijo, mientras caminaba por calle 25 de Mayo a paso lento, hacia la intersección con el Boulevard Sur (hoy calle Lavalle), y subió hacía el oeste. Vio a un niño lustrabotas que jugaba con su perro a la vera de la calle; a una pareja de ancianos que caminaban velozmente mientras el anciano se quejaba por un puñado de panfletos proselitistas del Diputado Silvano Bores, tirados en la calle; recuerda haber esquivado a un loco que corría a contramano para alcanzar el último tramways, y finalmente en una esquina cruzó la calle para evitar pasar por la vereda del Hospital Mixto de las Mercedes (hoy Ángel C Padilla). Esto último era una maniobra totalmente sin sentido, puesto que para llegar a casa más rápido, podía seguir por la misma acera. Pero la explicación era bastante sencilla y nada personal. Y es que después de la gran epidemia de cólera de 1885, reinaba mucha desconfianza en pasar por la vereda de un hospital, dando lugar a un sinnúmero de leyendas urbanas sin sentido pero comprensibles.
Una vez sorteado el potencial peligro, decidió continuar por la acera elegida hasta llegar a la plaza.
Es una plaza encantadora la Belgrano, comenzó a ser el lugar preferido de comercios e instituciones para instalarse alrededor de ella. Se convirtió en un paseo exquisito y refrescante en la Ciudad. Sus árboles bien podados, las veredas anchas, y los jardines florecidos le daban cierto romanticismo al paisaje.
Estas apreciaciones no escaparon al pensamiento de un joven apurado y contemporáneo como Francisco, que detuviendose tres segundos reloj, se cuestionó:
"¿Por qué entonces hace ya tiempo no se da un paseo por el lugar?". Se cuestionó.
"Sí, bueno, quizás no tengo tantos amigos en este lugar que aprecien de la naturaleza, pero igualmente uno puede salir a leer solo, caminar un poco para hacer ejercicio, conocer a una bella señorita, de las que pasean junto a su madre por las tardes.". Pensaba.
"Después de todo, uno ya con veinte años encima tiene que tratar de resolver su vida, ¿no?. Además, ¡yo no soy un mal partido! Tengo un trabajo en pleno centro de la Ciudad, no muchos se pueden darse ese lujo!". Se dijo.
"Y gozo de buena salud, no soy un bebedor empedernido. Si, bueno, algún gusto me puedo dar, pero tampoco mucho más.... Soy lo que dicen una persona educada, de buenos modales, respetuoso y trabajador", continuó.
"Sé leer. Escribir más o menos, pero me defiendo. ¿Cuántos pueden jactarse de ello?". concluyó.
En su pueblo, recordaba, los domingos después de misa, los vecinos se amontonaban en las afueras de la parroquia, donde el Padre Rogelio salía a leer cartas y noticias que llegaban relatando los acontecimientos de la Guerra del Paraguay. Era algo emocionante, porque después de los relatos venían los festejos, y después volvían al rancho con su padre y hermanos mientras este les contaba historias de un tío suyo que fue soldado del Ejército Nacional. Contaba que conoció muchos lugares del país sirviendo a la hueste, y que conoció personalmente al mismísimo Gral. Lamadrid, y que el histórico Caudillo "inmortal" lo apodaba "El cocinero" por su capacidad para hacer ricos locros para toda la tropa con pocos ingredientes. Después cuando llegaba al rancho su madre lo esperaba con tortilla parrillera y mate cocido.
"¡Qué recuerdos!" suspiraba, Francisco.
Cuando falleció su padre se fue a la Ciudad, y volvió muy pocas veces, pensaba culposamente.
"Quizás deba ir a visitar el rancho. Voy a ir con un sombrero, pensaba, uno de esos bombín así vean que ya soy un hombre serio, pero si es así me van a preguntar dónde está mi esposa ¿no?. Mmm bueno, les diré que me casé. Y que herede una fortuna de su familia pero no compro carretas, relojes de bolsillo, y esas cosas porque no me gustan!" se reía mientras creaba escenarios imaginarios en su cabeza.
En ese momento, mientras pensaba y soñaba sucedió, un hombre de mediana estatura, con sombrero y un saco muy gastado se le acercó y sin intermediar palabras le mostró una cuchilla a lo que Francisco no atinó más que a correr. La plaza estaba oscura y debía correr entre zancadas para avanzar. Sentía que lo seguían pero no quería mirar hacia atrás. Al cruzar la calle, llegando a la laguna, tropezó con un bulto de cosas en la vereda y cayó. Pudo amortiguar un poco el golpe con las manos y el césped de la vereda. No se lamentó demasiado en el piso, se reincorporó en estado de alerta, y continuó su carrera.
Las noches con luna y sin alumbrado son las mejores en la plaza dirá algún enamorado avivado, no es el caso para un transeúnte con mala suerte como Francisco. Igualmente pudo llegar a casa, no sano pero si salvo del episodio. Calentó un poco de agua, y se dio un baño caliente para relajarse y limpiarse las heridas. No pudo dormir bien, el estado de exaltación lo acompañaba. A las 6 de la mañana, se levantó, seguía dando vueltas en su cabeza lo que había ocurrido. Como no podía ser de otra forma, pasó por el lugar del hecho. Caminó detenidamente mientras agarraba con fuerza los pocos objetos que acostumbraba llevar al trabajo, como quien quiere protegerlos de un episodio repetido. Cuando se acercó al lugar donde había caído, observó que el tumulto con el que tropezó eran paquetes de caños metálicos, algo raro porque eran de pocas pulgadas, al lado había cajas de instrumentos de vidrio, y lo que parecía retajos de alambres dorados.
Siguió caminado algo consternado y vio al placero que lo saludaba desde lejos. Se acercó hacía él, y casi como un reclamo le contó lo sucedido, a lo que el placero respondió:
-Joven, es lamentable lo que le pasó ayer -comentó Eusebio-. Yo hice mis rondas pero a horas ocho maomeno´ me tuve que ir a acompañar a la Doña Felisa Paz... la de la casona...¿La conoce?
- Si, si.-respondió Francisco-.
-Ella es una señora mayor, y la encontré sola en la plaza, en medio de la oscurida'.-contó Eusebio-.
-Cuando la acompañé -continuó-, fue seguro que pasó eso que me cuenta, pero desde ya es medio raro. Acá no roba nadie. Ud. sabe que soy un vigilante en toda esta zona. Lo que si las lámparas estas, comenzaron a fallar. Y como hubo un problema grande entre los políticos y los alemanes de la empresa ahora directamente las van a cambiar...
-Mire, no sé lo que sucede pero si a mí me asaltaron por que vieron que estaba oscuro, todos los días la gente corre peligro. Además esa porquería de cosas que dejaron en la esquina me hizo tropezar. -dijo Francisco-.
-Justamente -dijo Eusebio-. Con esa porquería, que dice Ud., van a reemplazar las luminarias por "faroles". Yo creí que estas de kerosene iban a durar hasta el cambio pero bueno...
-¡No entiendo! -interrumpió Francisco- ¿Van a poner lámparas nuevas? ¿Para qué? si estas se arreglan en dos patadas con los materiales adecuados.
- No, pasa que ahora no será de kerosene, será de "corriente" o algo así. Es una prueba que van a hace' y si sale bien se queda. -dijo Eusebio-.
-¿Corriente? de agua? no se entiende nada, Don Eusebio! Pero estos políticos, Ud., y la Doña de la casona me deben una pierna a mí. -respondió Francisco-.
-Mire, con la cantidad de deudas que ya tengo, Ud. me suma otra! -retrucó Eusebio- Por favor cuando vuelva parece'en la esquina del hospital que está iluminado y si lo veo yo me acerco y lo acompaño.
-Es una broma, yo me sé cuidar solo, y me voy porque ya llego tarde, después me hacen devolver la hora. Espero que pronto arreglen las lucecitas estas, o pongan gas de carbón de nuevo, o velas, o corriente y no sé qué. Hasta luego. -concluyó Francisco-.
En la semana siguiente, finalizaron las obras de instalación de las luminarias y el tejido eléctrico alimentado desde un generador de pequeña escala ubicado en un pequeño edificio donde funcionaba el ex cuartel de infantería del ejército, a una cuadra de la plaza, cerca de la pensión de Francisco.
Fue la primera vez que Tucumán vio la luz por energía eléctrica. Lo hizo un año antes que la misma Buenos Aires, donde los proyectos de prueba aún estaban frenados deliberaciones legislativas infatigables.
El sistema revolucionó el paseo Belgrano, el ensayo duró solo algunos días pero no evitó captar la curiosidad de vecinos y pasantes que se quedaban a esperar el suave ocaso otoñal para ver las luminarias encenderse automáticamente. Entre ellos nuestro amigo Francisco y el, ahora farolero, Eusebio.



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